Desde que se apagan las luces, algo queda claro: Asesinato para dos no se mira, se vive. El ritmo es vertiginoso, la música te atrapa y la comedia estalla sin pedir permiso. Desde Frankesas More News fuimos invitados a presenciar esta puesta en escena y salimos con una certeza absoluta: estamos frente a una de las propuestas más inteligentes, divertidas y bien ejecutadas del teatro musical actual en México.

La noche que nos tocó vivir estuvo protagonizada por Aldo Guerra y Humberto Montt, una dupla que funciona como reloj suizo. Hay conexión, complicidad y una energía que se contagia fila por fila. Pero la gran sorpresa —y hay que decirlo fuerte— es la genialidad de Aldo Guerra, quien interpreta a más de cinco personajes sin perder ritmo, claridad ni fuerza cómica. Su trabajo corporal, vocal y musical es simplemente brillante y sostiene un tipo de comedia que hoy por hoy es única en el país.

Y entonces llega el momento especial de la noche: el productor y cantante Ari Borovoy, acompañado de Benny Ibarra, suben al escenario para develar la placa conmemorativa por un año de éxitos de esta puesta en escena. Un gesto que confirma lo que el público ya sabe: esta obra está más viva que nunca.

Después viene la reflexión. Un piano. Dos actores. Doce sospechosos.
¡Asesinato! ¡Se ha cometido un asesinato!
El planteamiento parece clásico, pero aquí el detective no es precisamente estable emocionalmente y los sospechosos son todo menos comunes. El resultado es un homenaje musical a las novelas de misterio, cargado de caos contenido, talento desbordado, grandes dosis de comedia y una deliciosa falta de solemnidad.

La dramaturgia de Joe Kinosian y Kellen Blair, bajo la dirección escénica de Anahí Allué y la dirección musical de Isacc Saúl, encuentra el equilibrio perfecto entre virtuosismo, humor y narrativa. Todo fluye, todo suma, nada sobra.
Asesinato para dos es de esas obras que te recuerdan por qué el teatro sigue siendo un espacio mágico: aquí se ríe hasta “morir”, se aplaude sin medida y se sale con una sonrisa que dura mucho más que la función. El único misterio real es cómo alguien podría perdérsela.

